El 28 de noviembre de 2014 murió Roberto Gómez Bolaños. En buena parte de los titulares de América Latina no decía eso. Decía que había muerto el Chavo del Ocho. Un personaje no puede morir. Los personajes no envejecen, no enferman, no dejan familia ni funeral. Pero durante horas, en la prensa de un continente entero, la muerte de un hombre de ochenta y cinco años y la de un niño ficticio de ocho fueron, en los encabezados, la misma noticia.

Antes de ser Chespirito, Roberto Gómez Bolaños había estudiado ingeniería. Escribía guiones para radio, cine y publicidad, con un talento reconocido mucho antes de ponerse un suéter a rayas y fingir ser un niño huérfano de una vecindad. El Chavo nació en 1971 como un sketch dentro de un programa de variedades, no como el proyecto central de nada. Nadie planeó que ese niño terminara, apenas dos años después, al centro de su propio programa, ni que ese programa se exportara a decenas de países y siguiera al aire, en repetición constante, cinco décadas más tarde. Creó y encarnó a varios personajes a lo largo de su carrera, entre ellos al Chapulín Colorado, un superhéroe torpe que en su momento tuvo un éxito comparable. Pero fue el Chavo el que se quedó pegado a su nombre de una forma que ningún otro papel logró igualar, ni siquiera los que él mismo consideraba más trabajados. Décadas después de haber dejado de grabar el programa, seguía siendo, para la mayoría del continente, ese niño. No el hombre que lo escribió, lo dirigió y lo interpretó. El niño.

Aquí es donde vale la pena separar dos cosas que se confunden todo el tiempo: interpretar un personaje y ser identificado con él. Lo primero es un oficio. Lo segundo es un proceso psíquico distinto, y el psicoanálisis freudiano tiene un nombre para la operación que lo hace posible: identificación. No se trata solo de actuar como otro. Se trata de que una parte del propio yo empiece a organizarse alrededor de ese otro, hasta que separar dónde termina el papel y dónde empieza la persona se vuelve un trabajo cada vez más difícil, incluso para quien lo vive por dentro.

Con Gómez Bolaños ese proceso tuvo, además, un motor muy concreto: funcionaba. El público lo reforzaba cada semana, cada repetición, cada generación nueva que descubría el programa. La identificación nunca corre en un solo sentido. El público se identificaba con el niño que ponía en palabras simples el hambre, la soledad y las ganas de que alguien lo quisiera de verdad, y esa identificación masiva regresaba hacia el propio Gómez Bolaños convertida en confirmación constante de quién se suponía que era. Entre más se identificaba el mundo con él como el Chavo, más rentable, más querido y más seguro resultaba seguir siéndolo. No hay ninguna conspiración en esto, ni villano en la historia. Es, simplemente, lo que pasa cuando una identificación exitosa se sostiene durante el tiempo suficiente: deja de sentirse como un papel que se elige y empieza a sentirse como quien uno es.

Es tentador preguntarse por qué fue el Chavo, y no el Chapulín, el que terminó fusionándose con su nombre, si los dos tuvieron éxito masivo. La diferencia puede estar en lo que cada personaje exponía. El Chapulín era una parodia consciente del héroe, construida desde la inteligencia y el control cómico del propio Gómez Bolaños sobre el chiste: él estaba siempre visiblemente detrás del personaje, riéndose con el público de la torpeza del superhéroe. El Chavo, en cambio, exponía hambre, orfandad y necesidad de cariño sin ese filtro de ironía. Sostener durante años, frente a millones de personas, un personaje construido desde la vulnerabilidad desnuda deja una marca distinta en quien lo encarna que sostener uno construido desde el control del chiste. No hace falta resolver esta pregunta para notar que no fue casualidad cuál de los dos terminó absorbiendo su identidad.

El costo de eso rara vez se hace público, pero hay señales. Durante años, Gómez Bolaños litigó activamente por el control de los derechos del personaje, exigiendo que ni excompañeros de elenco ni terceros pudieran presentarlo sin su autorización. Se puede leer esto como un simple asunto de negocio, y en parte lo era. Pero también se puede leer como lo que pasa cuando el límite entre tu obra y tu identidad se volvió tan delgado que perder el control de una significa, de alguna forma, perder el control de la otra. No estaba solamente protegiendo una marca. Estaba protegiendo, sin decirlo así, los términos de quién tenía permiso de decir quién era él.

Nada de esto le resta valor a lo que construyó. El Chavo del Ocho es, probablemente, uno de los personajes más queridos de la historia de la televisión en español, y eso no es casualidad ni suerte: exigió una capacidad de escritura y de actuación enormes, sostenidas durante años. El punto no es que haya sido un fraude ni una víctima. El punto es que hasta el éxito más genuino, cuando se vuelve la única forma en que el mundo te reconoce, empieza a cobrar algo. Y lo que cobra, casi siempre, es el espacio para ser cualquier otra cosa.

Escribió también, a lo largo de los años, ensayos y reflexiones firmadas con su propio nombre, textos que buscaban mostrar algo del hombre detrás del niño. Casi nadie les prestó el mismo interés que le prestaba al Chavo. No porque fueran peores. Porque el público ya había decidido, mucho antes que él, cuál era la versión de Roberto Gómez Bolaños que quería seguir viendo.

Esto no le pasa solamente a los actores célebres. Le pasa a cualquiera cuyo papel haya funcionado tan bien, durante tanto tiempo, que dejó de sentirse como un papel. El profesionista que ya no sabe quién es fuera de su cargo, y que en la primera junta social sin colegas se queda sin nada que decir. El padre o la madre que un día se pregunta, con la casa vacía, quién era antes de ser eso. El que siempre fue "el fuerte" de la familia, el que resuelve todo, y que no tiene con quién quebrarse porque nadie más aprendió a verlo de otra forma, ni siquiera él mismo. El que en el grupo de amigos siempre es "el gracioso", y que ha dejado de saber cómo pedir ayuda sin sentir que rompe el papel que le tocó. En todos estos casos el mecanismo es el mismo que empujó a un ingeniero convertido en guionista a pasar el resto de su vida siendo, ante el mundo entero, un niño de ocho años.

La pregunta que deja abierta esta historia no es qué tan cómodo o incómodo estaba Gómez Bolaños con haberse convertido en el Chavo. Eso probablemente varió con los años, y no hay forma de saberlo con certeza desde afuera. Tampoco es una pregunta sobre si hubiera sido mejor evitarlo, porque una identificación así casi nunca se elige de forma consciente: se construye sola, sesión tras sesión, aplauso tras aplauso, hasta que un día ya está hecha y no hay vuelta atrás posible sin perder también lo que esa identificación te dio.

La pregunta es más simple y te toca más de cerca: ¿qué papel llevas desempeñando tanto tiempo, y con tanto éxito, que ya no recuerdas bien qué había antes de él? Y si mañana ese papel desapareciera, sin previo aviso, sin despedida ni reconocimiento, ¿alcanzarías a reconocerte en lo que queda?